Sergio, un niño de apenas seis años, vivía con su madre, Rosa, en un pequeño cuarto al fondo de una enorme mansión en las afueras de Ciudad de México. Rosa trabajaba ahí como empleada de limpieza, tallando cada rincón del palacio de mármol y oro que parecía sacado de un cuento de hadas… pero no de los que tienen final feliz.
El dueño era Fernando Vargas, de 32 años, un multimillonario que poseía empresas desde Monterrey hasta Guadalajara.
Pero toda esa riqueza no valía nada.
Fernando llevaba dos años confinado a una silla de ruedas tras un accidente que los médicos declararon irreversible. Tenía dinero suficiente para comprar un hospital entero, pero no podía comprar un solo paso.
Aquella tarde, Fernando regresó a casa más temprano de lo habitual. Se dirigió solo al jardín, lejos de todos, y ahí —rodeado de flores cuyo aroma apenas percibía— se quebró. No era un llanto común, sino el sollozo de un hombre que lo había perdido todo: la esperanza, los sueños, las ganas de despertar al día siguiente.
Y fue entonces cuando apareció Sergio.
El niño jugaba cerca, como siempre hacía mientras esperaba que su madre terminara de trabajar. Al ver a aquel hombre grande, con traje caro, llorando como un niño, no dudó. Se acercó con cuidado y preguntó con la inocencia que solo tienen los niños:
—Tío, ¿por qué estás llorando?
Fernando se secó el rostro con rabia y vergüenza, pero algo en la mirada del niño lo detuvo.
—Porque nunca volveré a caminar, hijo. ¿Entiendes? Nunca más.
Sergio guardó silencio unos segundos. Luego, sin pedir permiso, colocó su pequeña mano sobre la pierna de Fernando y cerró los ojos.
—¿Puedo orar por usted?
Fernando estuvo a punto de decir que no, de decir que era una tontería, que ya lo había intentado todo. Pero algo lo detuvo.
Tal vez la desesperación.
Tal vez la curiosidad.
Solo asintió con la cabeza.
Sergio empezó a orar. No hubo palabras complicadas ni dramatismo, solo una oración sencilla, nacida del corazón, pidiéndole a Dios que ayudara a aquel hombre tan triste.
Y entonces ocurrió.
Fernando sintió algo. Una oleada de calor que subía por su pierna. Algo que no había sentido en dos años.
Abrió los ojos, temblando, intentó mover los dedos del pie… y se movieron. Apenas, pero se movieron.
